Viajes y recuerdos

He viajado mucho. Este pensamiento se instala en mí según estoy comiendo sola un plato de arroz con frutos secos. Miro hacia la terraza, el día está un poco nublado, la hamaca nicaragüense todavía no se ha secado, y sigo masticando y distrayéndome en mis pensamientos.

He viajado a Nicaragua, por ejemplo, dos veces: ahí está la hamaca que lo certifica, comprada en el mercado de Masaya. También la mecedora del salón es una prueba de ese viaje. Al otro lado tengo un mate y una lámpara traídos desde Buenos Aires, y más allá un jarrito de Tonala de México.

De Inglaterra no tengo nada; todo lo guardé en una caja a la que puse la etiqueta «Recordar, del latín ‘re-cordis’, volver a pasar por el corazón», que tomé prestada deEl libro de los abrazos, de Galeano. Después, no volví a abrir esa caja y dejé allí cerrado un año entero.

Es extraño viajar tanto cuando una viene de un lugar tan pequeño, en el que 200 habitantes son muchos habitantes. Vengo de una familia de pueblo normal y corriente. He estudiado, he conseguido becas y he viajado. En esos viajes he conocido a gente de muchos lugares que me ha invitado a ir a sus casas y nunca he tenido que preocuparme de pagar alojamiento. Al mismo tiempo, mi casa siempre ha estado abierta a todo el mundo.

En mi salón hace un poco de frío y dentro de nada será una nevera. Inconvenientes de vivir en un ático y no tener calefacción. Dejo el arroz y me levanto para encender una pequeña estufa de aire caliente. No sé si terminar el plato de arroz o no, me quedó muy bueno, pero he pasado todo un mes comiendo arroz y frijoles y, aunque sean platos distintos, me he cansado un poco de tanto arroz. El cielo se va despejando un poco y yo sigo preguntándome por los viajes.

Trato de recordar, diseccionar la memoria en busca de imágenes de cada camino recorrido. Descubro que es un ejercicio difícil, mucho más de lo que pensaba, porque no encuentro el cajón en el que guardé esos viajes. Ni siquiera di a cada viaje un lugar distinto en mi cabeza, y ahora se me amontonan todos como fotos superpuestas que alguien hubiera lanzado al aire. Rescato algunas: París que suena a acordeones. Londres y un chico que escribe «una carta normal» en Covent Garden. Nueva York y la visita a las tripas del Metropolitan Opera House. Un piano en una librería de Buenos Aires. México y los callejones de Guanajuato. Nicaragua y ella que me lleva en bicicleta.

Son viajes que hice con los ojos muy abiertos. Son recuerdos que solo veo si los cierro.

Sigo comiendo arroz. Ayer quemé una sartén, y he empezado otra vez a coleccionar puntos del supermercado.

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